Thursday, April 17, 2014

Como derrotar el bloqueo de escritor

A pesar de lo que el título de esta entrada pueda sugerir, no voy a revelarte aquí ninguna técnica misteriosa ni voy a traducir las que otros han propuesto para superar ese temido demonio, esa maldición que nos persigue a todos quienes queremos hacer que las palabras hagan magia sobre el papel. Lo que sí haré, es recordarte algo que puede que hayas olvidado.

Pero antes de eso, déjame que te cuente una historia.

Hace dos días estaba botado en mi cama, sufriendo de un terrible dolor de cabeza, de esos que te muestran en las películas como un pito agudo y el rostro del personaje deformándose por el dolor. En la vida real no son tan dramáticos, pero sí implican vómitos, la incapacidad de hacer nada que no sea permanecer acostado (ni siquiera te dejan dormir ni menos leer) y te dan unas ganas cuasi irreprimibles de meterte una aguja por el ojo para liberar la presión… y aminorar el dolor, por chiflada que aquella idea te parezca.

Por si fuera poco el día anterior había perdido mis lentes, por lo que era incapaz de estar frente a la pantalla del computador y, para completar este panorama, tenía un extraño dolor en esa zona difusa entre el pecho y el abdomen propiamente tal. Ese entretenido malestar me hacía jadear como un pez fuera del agua cada vez que respiraba muy profundo, tragaba cualquier cosa más gruesa que la saliva o me quedaba sentado. ¿Y sabes lo que pensaba mientras yacía en la cama, adolorido, ciego —al menos en lo práctico— y con ganas de arrancarme la cabeza?

«Esto es un recordatorio de que me voy a morir».

Porque, tal como lo confiesa Stephen King en su prólogo a la edición revisada de El pistolero, no es como que Dios vaya a enviarte un fax (o un e-mail hoy en día) diciéndote que termines tu historia de una buena vez. Pero incluso si crees o no en poderes superiores, hay una verdad innegable de toda vida —y en especial de la humana— que va a ayudarte a superar todo miedo, todo conflicto y toda duda acerca de tu capacidad como artista. O, en otras palabras, aquí se viene la cura, el antídoto a todo bloqueo creativo. Son cuatro palabras mágicas que van a arreglarte la vida y que dicen más o menos así:

TE VAS A MORIR

Sí, suena a filosofía barata, autoayuda o New Age, pero es verdad, ¿o no? Así que, para mantener el tono, repite conmigo:

ME VOY A MORIR.
TENGO SÓLO ESTE MOMENTO PARA SENTARME Y CONTAR MI HISTORIA.
ES MUY PROBABLE QUE MAÑANA NO ESTÉ AQUÍ PARA HACERLO, POR LO QUE NO PUEDO DARME EL LUJO DE TENER «BLOQUEO DE ESCRITOR».
ESE ES UN LUJO DE LOS INMORTALES Y YO SOY UN POBRE Y SIMPLE MORTAL QUE PUEDE MORIRSE EN CUALQUIER MOMENTO.

Así que ahí está. Cada vez que te sientes frente a la libreta, máquina de escribir o computador y sientas ese impulso de pararte a buscar un café, una cerveza o de prender otro cigarrillo antes de empezar, acuérdate de las cuatro palabras mágicas: ME VOY A MORIR. Y ponte a escribir. Furiosa, rápida y compulsivamente, como si la Muerte te persiguiera con su guadaña intentando cortar el hilo de tu vida antes de que logres ponerle el punto final a esa historia. Porque, la verdad sea dicha, esta no es ninguna metáfora: tu tiempo —y el mío— se acaba rápidamente… y nunca será el suficiente para contar todas las historias que soñamos o dejarlas tan bien pulidas como queríamos.

Pero al menos podemos completar las que ya empezamos.

Saludos cordiales,

F.
«¡Es un bloque(o) de escritor!
Lo pones sobre tu escritorio, ¡y entonces ya no puedes escribir más allí!»

Tuesday, April 15, 2014

Publicación en revista mexicana Penumbria

En la noticias de mi mundo, hoy les cuento que mi cuento “El hundimiento” —el que publiqué anteriormente en este mismo Blog— ha sido seleccionado (y publicado) en el número 18 de la prestigiosa revista digital de literatura Penumbria, con base en México.

Así, desde ahora pueden leer el cuento completo en la revista aquí o leer un extracto aquí. Desde este humilde espacio virtual agradezco al comité editorial de la revista por considerar mi cuento y publicarlo y, quizás, tomaré esta experiencia como base para por fin escribir —y publicar en este Blog— un artículo acerca de cómo sobrevivir a los concursos literarios en general. Eso es, por supuesto, si es que existe interés de su parte en leer algo así ;)

Saludos cordiales,

F.

Thursday, April 10, 2014

Como encontrar la voz de tu historia

Primero que todo, quisiera agradecerle a todos quienes comentaron en la primera entrada de esta serie, dedicada a comentarles los más variados aspectos con los que me encuentro —y seguiré encontrando— a lo largo de este mes de Camp NaNoWriMo (y de la escritura de una novela en general). Puede que no estemos de acuerdo en todas las ideas, nociones y/o intuiciones, pero de todas maneras es genial poder leer sus perspectivas al respecto. Esta semana quiero comentarles acerca de la famosa «voz» de una historia y como me ha tocado lidiar con ella hasta ahora.

Para que aclaremos términos, consideraré la voz narrativa como la perspectiva, el punto de vista desde el cuál un narrador elige contar una historia. Hay veces en que se suele confundir la voz con el estilo, siendo este último la elección particular de un escritor de palabras, sintaxis, puntuación y otras. Y aunque la voz se expresa a través del estilo, es la primera la que lo origina, de manera consciente o inconsciente.

Ejemplo rápido para aclarar el concepto de voz. Digamos que quieres contar la historia de un asesino en serie. Ahora, ¿cómo lo enfocas? Puedes tomar el punto de vista del investigador, el hombre —o mujer— que se obsesiona buscando entender a este monstruo para atraparlo. O, puedes tomar el punto de vista del supuesto monstruo, mostrando una mente torturada, a un genio incomprendido… o una combinación de los anteriores.

Ahora, esta elección determinará no sólo cómo se presenta la historia sino también, y en cierta medida, los intereses que tienes como escritor. El investigador obsesionado requiere una mente fría, una atención al detalle y cierta distancia social que le permita observar los hechos y situaciones de manera lógica y racional. Y para lograr que el personaje «cobre vida» (es decir, se lea como una buena y creíble imitación de una persona) tienes que introducirte en su piel, pensar, hablar y, por supuesto, escribir como lo haría él si estuviese contando la historia.

Así, el narrador no es meramente una elección de primera o tercera persona, o las distintas categorías y opciones que presenté en este esquema. No: el narrador tiene una perspectiva, una manera de abordar los incidentes de una historia que permea la percepción que a su vez los lectores tendrán de ella.

Por supuesto que esto puede sonar muy bonito y deseable pero, ¿cómo es posible conocer la voz de una historia antes de escribirla? De lo que he leído —y probado— hay una sola manera de hacerlo: escribiéndola. Ahora, es distinto tomar y escribir un cuento de 2.000 palabras y encontrar que la voz no era correcta a hacerlo al final de una novela de 80.000 palabras, ¿no? Para evitar este tipo de inconvenientes, la opción es un test-drive de la voz.

De la misma manera que al comprar un auto uno pide una «prueba de manejo» —o al menos así lo muestran en las películas; nunca me he comprado un auto ni acompañado a nadie en el proceso— uno puede tomar al narrador de una novela y probarlo con una breve narrativa de 1.000 palabras, por ejemplo. En ese espacio —o en el de una escena completa— uno toma una parte de la historia que va a escribir (o incluso una parte que no aparecerá) y la escribe con el narrador que le parece más adecuado para la novela a priori. Siempre que este ejercicio se haga en conciencia y seriamente, lo más probable es que al final de él uno tenga una idea más o menos clara de si la voz funciona o no.

En mi caso, por ejemplo, probé al menos tres voces distintas antes de encontrar la que se ajustó mejor a la historia de La vida secreta de Eric Aranero. Y aunque las descartadas tenían su propio atractivo, fue la definitiva la que demostró ser la más útil a la hora de contar la historia de la manera en que, me imagino, será más efectiva para comunicar la vida de este personaje a los lectores.

Así que ya lo saben: si quieren escribir una novela con la que quedar satisfechos, mi recomendación es encontrar una voz que se acomode a la historia y personajes específicos de lo que quieren decir. Y la mejor manera de probar y descartar voces erradas es hacer tantos test-drives como sean necesarios; después de todo, más vale botar un par de miles de palabras que decenas de miles, ¿no?

Saludos cordiales,

F.
«Confía en tu voz»
Ilustración por utenaxchan

Tuesday, April 8, 2014

El hundimiento

—¡A los botes! —gritó el capitán.

El buque se hundía rápidamente y los pasajeros corrían de un lado a otro entre gritos, reclamos y ese silencio sepulcral que se escabullía entremedio, el preludio imperceptible a la aparición de la muerte. Todos estaban igual de asustados o temerosos, todos queriendo alcanzar esa esperanza a remos de seguir viviendo.

Todos… excepto una.

Ida estaba parada en lo más alto de la popa, mirando con ojos transparentes como el mar se iba engullendo la poderosa nave, preguntándose si no era aquella la imagen perfecta de la vida: justo cuando te creías inconquistable y a prueba de todo, algo venía y te abría por la mitad, desgarrándote hasta las entrañas.

Una lágrima se deslizó por su mejilla y fue a unirse al torrente líquido que iba ascendiendo rápidamente. «Quizás el mar no es sino el conjunto de todas las lágrimas del mundo», pensó Ida. «Las de las mujeres, las de los niños y las de los dioses».

Porque los hombres no lloraban, eso lo tenía claro.

—Muchacha… ¡Oye, tú!

El grito la sacó de sus pensamientos: ahí estaba el capitán, ese hombre de barba canosa y expresión siempre enojada, vociferándole invitaciones y haciendo gestos desesperados para que descendiera y la acompañara. Sin siquiera pensarlo, Ida se giró y volvió a contemplar a ese gigante acuático que estaba a punto de devorárselo todo… incluyendo su vida.

Y no le importaba.

Quizás el capitán intentó volver a llamarla e incluso puede que hayan tenido que detenerlo para que no arriesgase su vida por aquella suicida. La verdad es que ella nunca lo supo, pues no volvió a mirar atrás.

Sonriendo por primera vez en mucho tiempo, vio como esa mole azul transparente abría los brazos para recibirla en su último momento.

***

Cuando abrió los ojos estaba en el paraíso.

A lo lejos se extendían llanuras de arenas blancas rodeadas por un mar que era a la vez agua y cielo. Cuando bajó la vista vio que la rodeaban ángeles de piel azulada y rostro severo, unos cuya belleza superaba cualquier descripción o cuadro que hubiese visto.

Fue a abrir la boca para hablar y justo en ese momento notó que tenía los labios perfectamente unidos. Pensando que quizás se trataba de alguna secuela de su muerte, esforzó las mandíbulas una vez más.

Entonces, intentó llevarse las manos a la boca para ver de qué se trataba esto y descubrió que era incapaz de moverse. Trató de gritar, pero ninguno sonido salió de su boca. Luchó por mover aunque fuese una parte de su cuerpo, pero ninguna le respondió.

Más asustada que nunca antes en su vida, lloró amargas y silenciosas lágrimas.

***

—¿Qué hacemos con eso? —dijo uno de los acuarianos indicando a la inmóvil Ida.

—Tendremos que matarlo —contestó otro en su gutural lengua—; si alguien se entera de esto y le lleva el cuento a los Ancianos, los únicos perjudicados seremos nosotros.

»Además que, después de todo, es sólo un animal salvaje.
Ilustración por Darkzero-sdz
Otro cuento producido en el marco de un Fantasista de Hierro de Fantasía Austral y que pronto estará disponible junto con otros 99 en nuestro segundo libro gratuito titulado Fantasistas de Hierro.

En este caso, «rescaté» una idea que desarrollé hace algún tiempo —la de una mujer que se suicida en el mar y descubre un nuevo mundo bajo las olas— pero lo di un giro bastante macabro (al menos en mi opinión). El resultado me dejó bastante satisfecho, en especial cuando considero las limitantes obvias de tiempo y espacio.

Como siempre, sus comentarios y críticas son siempre bienvenidos ;)

Saludos cordiales,

F.

Thursday, April 3, 2014

Como empezar una novela

Como ya lo saben —y, si no, aprovecho de avisarles— abril este año significa Camp NaNoWriMo (National Novel Writing Month) y yo, por mi parte, he empezado a escribir mi tercera novela, titulada La vida secreta de Eric Aranero. Y, tal y como lo hice en noviembre pasado con Honor, quiero ir comentándoles como es el proceso para mí, mis dificultades y problemáticas y, lo más importante, cómo las voy superando (o cómo me las arreglo para seguir adelante con ellas).

Esto lo hago principalmente por dos razones. La primera es que, sinceramente, me ayuda a poner por escrito los avances y tener pruebas más o menos empíricas de lo que he avanzado. La segunda es porque creo que, a pesar de que no soy ningún conocedor de la escritura ni gran figura a imitar, puede que mis éxitos —y fracasos— le sean de utilidad a más de algún escritor «que no ha salido del clóset» (por así decirlo) para que dé el salto de una vez por todas y le declare al mundo su amor por la escritura.

Y bueno, hay que empezar por el principio, ¿no?

Primero que todo, en realidad eso no es tan cierto… al menos no en mi experiencia. Las dos novelas que he completado las empecé desde el último cuarto antes del final (75%-100%) y luego las seguí escribiendo en este impío orden: 50%-75% => 25%-50% => 01%-25%. Así que, si estás trancados/bloqueados con una novela y no sabes cómo abordarla, he aquí un consejo: parte desde el punto que quieras, imaginando que lo demás está escrito. Total, con la magia del copy-paste después puedes armar un documento con la historia como debería ser (o puedes mandarte un Tarantino, quién sabe :P).

Ahora, si este tipo de experimentos no es lo tuyo, hay que empezar por el comienzo. Pero, ¿cómo hacerlo? En mi caso, me he dado cuenta que hay algunas cosas en común que tienen las novelas que no me gustan y, a partir de eso, he inferido ciertas «reglas» al respecto. Todo esto se origina en lo que llamo «la prueba de la blancura»: tomas un libro, abres la primera página real (no prólogos, agradecimientos ni ninguna de esas cosas) y lees la primera oración completa.

¿Qué he descubierto después de hacer esto con cientos de libros? Que los que no me gustan —y que, sólo por esta conversación, convendremos que son «malos»— normalmente comienzan con oraciones del tipo:

Las nubes cubrían los picos nevados y el sol apenas era visible en toda la amplia comarca.

Ahora, me dirás, ¿y qué tiene de malo esa oración? Como oración, nada pero, ¿cómo inicio de novela? No sirve.

La razón por qué un inicio de este tipo no sirve es porque, si somos sinceros, ese no es un inicio. Ahí no hay nada que nos diga de qué se trata lo que leeremos, cuál es la voz del narrador, qué conflictos podemos esperarnos… ¡Ni siquiera hay un mísero ser vivo (ni qué decir humano) en esas 17 palabras! Es decir, tenemos ante nosotros un escenario estático, sin personajes y sin conflicto. O sea, no hay historia.

Ahora, ¿se puede arreglar ese comienzo? Definitivamente sí. Lo único que hay que hacer es focalizar la narrativa, agregarle un personaje y anunciar el conflicto de la historia. Un ejemplo se leería más o menos así:

El sol apenas era visible, excepto para Jack y su privilegiada visión, la misma que maldeciría un día.

OK. No es el mejor inicio ever, pero con la misma cantidad de palabras (son 18, pero bueno) hemos presentado al lector con un escenario, un personaje, una habilidad única y un destino. Suena bien, ¿no?

Así que los dejaré hoy con este mensaje: el inicio de una historia es fundamental. Cualquier tipo de info-dump (»El reino de Arrale estaba ubicado al noreste de Medero, uno de los poderes más importantes de época…»), escenario inerte —como el anterior— u otro recurso «fome» pondrá de inmediato una barrera al lector la que, en la mayoría de los casos, no podrá superarse.

Si quieres que te quede aún más claro, anda y revisa el inicio de tus historias favoritas. ¿Qué estrategias ocupan los escritores que admiras? ¿Cómo inician ellos sus historias?

Saludos cordiales,

F.
Ilustración por Karina Ishkhanova

Tuesday, April 1, 2014

Dragonlance® y yo

El mes de marzo que recién se terminó marcó el aniversario número 30 de la publicación de El retorno de los dragones, primera novela en presentarle al mundo el continente de Ansalon y la historia de los llamados «Héroes de la lanza».

Fue el comienzo del fenómeno de ventas llamado Dragonlance®.

Ahora, tal y como se los mencioné en mi traducción del poema de Michael Williams que funciona como prólogo/introducción de la novela antes mencionada, hoy les quiero hablar de por qué el mundo de Krynn es tan importante para mí.

Pero antes, permítanme que les cuente una historia.

Después de mi «éxito» —si así se le puede llamar— en mi primera experiencia como DM de AD&D yo estaba fascinado; como el adicto que descubre una droga que le permite relajarse y desconectarse de sus problemas, quería más. De alguna manera, el rol había pasado de ser algo simplemente entretenido a algo que me llenaba en sentidos que nada más lo hacía ese momento… ni en la siguiente década. Creo que por eso hablé tan emocionado del mundo y los personajes y de la Fantasía contenida en esos libros de reglas cuando terminamos esa primera partida. Eso, o ya no me acuerdo por qué, pero el anfitrión/organizador se decidió a prestarme uno de sus libros.

Se titulaba Cuentos de la Dragonlance II Vol. 1: El reino de Istar.

Mientras me lo iba leyendo en la micro, descubrí que aquí había un lugar donde Caballeros en brillante armadura descubrían el verdadero significado del honor, donde pequeños y chistosos seres revelaban lo que está dentro de cada uno de nosotros a través de sus barrabasadas y donde la magia tenía un poder —y precio— muy real.

Fue amor a primera vista.

Todavía faltaban algunos meses para que yo descubriera las aventuras del sobrino de Bilbo Bolsón, y aunque la magnificencia (y decadencia) del imperio Melnibonés estaba a la vuelta del año calendario, todavía pasaría un tiempo antes de que la conociese. Y ni qué hablar de Gont o las aventuras de los Pevensie después de El león, la bruja y el ropero: esas todavía estaban a un par de años de distancia.

Por esta razón, Dragonlance® es el mundo de Fantasía para mí, el primero y al que regreso siempre, el que contiene historias fantásticas escritas por autores que admiro pero, lo más importante, contiene mis primeras historias. No las que escribí en papel, pero sí las que compartí con mis amigos y conocidos, las que construimos —y destruimos— juntos. Las que duraron una sola noche y las que se extendieron por año y medio.

Las que fueron memorables… ya fuera por lo increíbles o desastrosas que hayan sido.

Pero más allá de mis motivos emocionales —que son muy válidos, pero de poco les sirven a ustedes— Dragonlance® fue importante en un sentido narrativo porque me mostró tantas cosas que absorbí sin ponerles nombre en ese entonces: la «verdadera» manera de conducirse en la vida, el peso del honor, las idas y vueltas del amor, y tantas otras que podría mencionar pero que harían de esto una lista interminable.

Es decir, todo aquello que fundamenta lo que llamamos Fantasía.

Y también estuvieron —hay que decirlo— personajes cuyas personalidades, conflictos e historias se quedaron grabados a fuego en mi memoria. Ahora que le presté la trilogía original a Gerardo, me he deleitado conversando con él acerca de los distintos detalles, matices y desarrollos de la historia pero, por sobre todo, hemos hablado de los personajes. De Tanis, Raistlin, Sturm, Kitiara y Tas y todos los demás. De cómo han crecido, ganado, perdió y fallado, de cómo han muerto y cómo han seguido viviendo.

O en otras palabras, de cómo adquirieron vida entre las páginas de un libro y se quedaron con nosotros.

Y ahora, que me apresto a empezar una nueva novela —de la que me empezaran a leer parloteando desde el jueves— no puedo sino sentir que el círculo en algún sentido está completo. Aunque La vida secreta de Eric Aranero tiene poco y nada que ver con Dragonlance® en el exterior, en el interior se parece mucho; mi objetivo es contar una historia que tenga personajes y eventos tan memorables y emocionantes como los de las Crónicas. Quiero que los lectores me pregunten por Eric o Lipo de la misma manera que a Margaret y Tracy les preguntan por los «Héroes de la lanza», tal y como R. A. Salvatore lo cuenta en el prólogo del primer tomo de La discípula oscura:
Lo que más me impactó durante la firma de autógrafos fueron las preguntas y los comentarios de los lectores. Llegaba un aficionado tras otro y hablaba de Kitiara, Tanis y Raistlin de forma reverente y emocionada. A esas personas, numerosas, inteligentes y eruditas, las había conmovido profundamente el libro que yo había tirado a un lado con rabia años antes.
Así que, si no quieren hacerle caso a mi recomendación, háganle caso a Salvatore: no desprecien Dragonlance® por los rumores de que es un «refrito» de El señor de los anillos, ni le crean a la gente que dice que los personajes son «estereotípicos» o «de cartón». Cualquiera que diga eso 1) no ha leído el libro o 2) gusta de narrativas «complejas» y «reales» (léase, aburridas e incomprensibles) como el Ulises de Joyce.

Por mi parte, yo me quedo con Raistlin, Sturm y los demás cualquier día de la semana antes de que tener que volver a pasar por la miseria de leer las «aventuras» (¿?) de Leopold Bloom & cía.

Saludos cordiales,

F.

Thursday, March 27, 2014

Cántico del Dragón, de Michael Williams

Escucha al sabio mientras su canción desciende
Como la lluvia del cielo o las lágrimas,
Y quita los años, el polvo de las muchas historias
Del Gran Cuento de la Dragonlance.
Pues en profundas edades, más allá de la memoria y la palabra,
En el primer rubor del mundo
Cuando las tres lunas se alzaron desde el regazo del bosque,
Dragones, terribles y grandiosos,
Hicieron la guerra sobre este mundo de Krynn.

Pero de la oscuridad de los dragones,
De nuestros clamores por luz
En el rostro vacío de la luna negra remontando,
Una luz amontonada resplandeció en Solamnia,
Un caballero de verdad y de poder,
Que llamó a los mismísimos dioses
Y estos forjaron la poderosa Dragonlance, atravesando el alma
De la raza dragonil, empujando la sombra de sus alas
Lejos de las iluminadas costas de Krynn.

Así fue que Huma, Caballero de Solamnia,
Portador de la Luz, Primer Lancero,
Siguió su luz a los pies de las Montañas Khalkist,
A los pies pétreos de los dioses,
Al silencio agazapado de sus templos.
Llamó a los Forjadores de Lanzas, asumiendo
Su innombrable poder para aplastar el innombrable mal,
Para expulsar la oscuridad serpentina
De vuelta al túnel de la garganta del dragón.

Paladine, el Gran Dios del Bien,
Brilló al lado de Huma,
Fortaleciendo la lanza de su fuerte brazo derecho,
Y Huma, iluminado por un millar de lunas,
Desterró a la Reina de la Oscuridad,
Desterró la multitud de sus huestes aullantes
De vuelta al insensible reino de la muerte, donde sus maldiciones
Se abatieron sobre la nada y la nada
Profunda bajo la tierra iluminada.

Así terminó en estruendo la Era de los Sueños
Y comenzó la Era del Poder,
Cuando Istar, reino de luz y verdad, se alzó en el este,
Donde los minaretes de blanco y oro
Se encumbraban hacia el sol y hacia la gloria del sol,
Anunciando el deceso del mal,
E Istar, que fue madre y acunó
Los largos veranos del bien,
Brilló como un meteoro
En los blancos cielos de los justos.

Pero en la plenitud de la luz solar
El Rey-Sacerdote de Istar vio sombras;
De noche vio a los árboles como seres armados de dagas,
Los cauces
Oscurecidos y espesos bajo la luna silenciosa.
Buscó en los libros los caminos de Huma,
En los pergaminos, signos y hechizos
Para que él pudiera también invocar a los dioses, pudiera encontrar
Su ayuda para sus sagrados objetivos,
Pudiera purgar al mundo del pecado.

Entonces vino un tiempo de oscuridad y muerte
Cuando los dioses renegaron del mundo.
Una montaña de fuego se estrelló como un cometa a través de Istar,
La ciudad se partió como una calavera en llamas,
Montañas surgieron de valles una vez fértiles,
Mares se vertieron en las sepulturas de las montañas,
Los desiertos suspiraron en los abandonados lechos de los mares,
Las carreteras de Krynn hicieron erupción
Y se convirtieron en los senderos de los muertos.

Así comenzó la Era de la Desesperación.
Los caminos se enmarañaron.
Los vientos y las tormentas de arena moraron en las cáscaras vacías de las ciudades.
Las llanuras y las montañas se convirtieron en nuestro hogar.
Cuando los dioses antiguos perdieron su poder,
Clamamos al cielo vacío
Al frío, divisor gris de los oídos de nuevos dioses.
El cielo está calmo, silencioso, inmóvil.
Todavía hemos de escuchar sus respuestas.
Ilustración por Jeff Easley
Este marzo que ya se nos acaba marca otro aniversario especial en mi pasado como jugador de rol y en mi presente como escritor. Este mes y hace 30 años, se publicaba Dragons of Autumn Twilight (también conocida como El retorno de los dragones en español) la primera entrega de la afamada —e injustamente vilipendiada— Crónicas de la Dragonlance®, una trilogía que me ha marcado como autor en más de un sentido y cuya importancia para mí es tan grande que le dedicaré esta entrada y la primera de la próxima semana.

En esta he aprovechado de presentarles el poético (sic) inicio/preludio de la historia, en el cual se plantean varios de los conflictos y tópicos que forman la base del mundo de Krynn, escenario principal de las historias publicadas desde 1984 bajo el logo de Dragonlance®. Aquí están los dragones «terribles y grandiosos», la Reina de la Oscuridad y el Gran Dios del Bien, la humildad y coraje del más grande Caballero de Solamnia de la historia (con excepción, quizás, del fundador de la Orden ;) y, por supuesto, las afamadas «lanzas de dragón» —o Dragonlance— las que le darán el nombre y sello distintivo a esta Fantasía surgida de la mente de un equipo liderado por Margaret Weis y Tracy Hickman, y cuya obra poética fue escrita por Michael Williams.

Ahora, y considerando que mi historia con Dragonlance es bastante larga, tendrán que esperar hasta el próximo martes para que les cuente como fue que llegué a Krynn por primera vez, quienes me acompañaron en mis travesías y cuáles fueron las marcas que me dejaron, tanto como lector como escritor de Fantasía… si les interesa, claro está.

Saludos cordiales,

F.