Thursday, April 24, 2014

Soneto VIII, de William Shakespeare

Música para escuchar, ¿pero por qué la escucháis tristemente?
Dulces con dulces no guerrean, la alegría se deleita con la alegría:
¿Por qué amáis aquello que recibisteis no gustosamente,
O incluso recibís con placer aquello que os fastidia?
Si la verdadera concordia de sonidos bien afinados
Por uniones casados ofenden vuestro oído,
Ellos no hacen sino reprimiros dulcemente a quien confunde
En soltería las partes que deberíais cargar [juntas].
Fíjate como una cuerda, dulce marido de otra,
Repiquetean la una en la otra por mutuo ordenamiento;
Pareciéndose al progenitor e hijo y feliz madre,
Quienes, unidos como uno, una agradable nota cantan:
Aquella canción sin palabras siendo muchas, pareciendo una,
Te canta esto a vos: «Vuestra soltería os probará nada».

Ilustración de azurecorsair
Aprovechando que ayer fue el día del libro, conmemoración que se hace a partir de la fecha de fallecimiento del titán de la literatura inglesa, el Bardo que eclipsa a todos los que vinieron después… al menos en lo que a los escritores de habla anglosajona concierne: William Shakespeare. Y no, no me interesa si fue uno o cinco o cien autores los que ocuparon el nombre, de la misma manera que no me interesa con Homero o con el autor anónimo del Beowulf.

Lo que sí me interesa son las obras que existen con su nombre —y en especial las tragedias— verdaderos testimonios del genio humano a la hora de retratar su existencia a través de las historias. Así rápidamente, sin pensarlo mucho, te recomiendo encarecidamente que leas al menos una (y si puedes todas) las siguientes obras del Bardo: Macbeth, El rey Lear, Hamlet, La tempestad y Sueño de una noche de verano. En inglés, de preferencia, pero de todas maneras deberías leerlas aunque sea en castellano; te aseguro que no te arrepentirás.

Así que, ¿cómo homenajearlo? Se me ocurrió que la mejor manera era con la traducción un soneto y elegí el VIII, uno de mis favoritos puesto que habla de la música y el amor como una sola entidad, un solo concepto indisoluble. No me extenderé más al respecto, pero para mí es obvio que el amor (en tanto Belleza) y la música (en tanto Arte) son dos caras de una misma moneda.

Espero que lo hayas disfrutado y, como siempre, nos leemos el próximo martes.

Saludos cordiales,

F.

Tuesday, April 22, 2014

Como enfrentar el fracaso

Normalmente hablo —o escribo, debería decir— en este Blog con la tranquilidad, énfasis y determinación de alguien que parece invencible, de un escritor que no tiene dudas o que, cuando las tiene, termina resolviéndolas (y salvando el día, creativamente hablando) como un héroe creativo digno de Hollywood.

Pero la realidad dista mucho de esa visión fantasiosa, por supuesto.

La verdad es que la mayor parte del tiempo tengo muchas más dudas que certezas con todo, pero en especial con lo que la escritura se refiere. Este año este Blog-web cumplirá 4 años, uno menos de lo que yo le he dedicado seriamente a la literatura desde su frente creativo, y a medida que pasa el tiempo las preguntas (y su frecuencia) se multiplican: ¿estaré haciendo lo correcto? ¿Vale la pena lo que escribo? ¿Le importa a alguien?

¿Me importa a mí?

Tan sólo la semana pasada les hablaba acerca de cómo derrotar el bloque de escritor, desde una perspectiva simple pero poderosa y aquí estoy, evitando hablar de lo que me propuse que hablaría hoy. Porque la verdad es que es más fácil hablar de los triunfos —o al menos de las perspectivas positivas— pero, debo reconocer que el fracaso es parte importante de la vida… y de la escritura, por supuesto. Así que, lo pondré de la manera más directa y clara posible:

No terminaré La vida secreta de Eric Aranero antes de que termine este mes.

Fallé en la meta del Camp NaNoWriMo y vuelvo a guardar otro proyecto inconcluso en mi carpeta «WIP» (Works in Progress) con la esperanza, vana y fútil pero ahí está, de que la vida me dé el tiempo suficiente para volver a ellos e ir terminándolos. Y a medida que el tiempo pasa y éstos se acumulan, los que he logrado pesan un poco menos en comparación. ¿Quién me puede asegurar que no fueron estrellas fugaces, excepciones que comprueban la regla de que no puedo completar lo que empiezo?

Y así empieza la espiral descendente.

Y me siento cayendo, derrumbándome, desplomándome en la cama y dejándome seducir por el siguiente capítulo de la serie de TV de turno, o la repetición de una de mis películas o, incluso, por alguna tarea importante y agradable (o no tanto) de las que me veo cargando constantemente. Y la vida se reduce en horas de estar frente a mi par de pantallas, consolándome con que ya mañana será un día mejor para escribir, cuando sé que hasta eso es una mentira.

Y en ese momento aparece.

Debería tener una versión física, pero dentro de mi cabeza hay un botón que dice: «Activar en caso de estar cayendo». Y entonces, a veces inconcluso inconscientemente, lo aprieto y la caída se detiene. «¿Cuántos veces has estado aquí antes y has salido adelante?», me pregunto. Y sé que la respuesta siempre es: todas las anteriores.

A partir de ese instante los números vuelven a estar a mi favor, y sé que esto es pasajero, como todo en la vida. Que aunque he fracasado en esta ocasión, tengo la oportunidad de volver a intentarlo. Y no una, sino todas las veces que quiera porque el teclado y la pantalla —o el papel y el lápiz— me estarán esperando cuando quiera. Empiezo a sentir que es tiempo de limpiar, de ordenar el desorden de papeles y borradores para iniciar un nuevo ciclo, y pongo una canción de esas que me hacen sonreír sin importar lo que esté pasando alrededor mío.

Y me miro los brazos y me acuerdo de quién soy, de lo que he hecho, de lo que he sacrificado y de lo que he ganado en el camino. Y me afirmo a una saliente rocosa y ahí me quedo, respirando el aire y pensando que sí, que he fallado y que aquí estoy, listo para iniciar una nueva aventura. Y que no le temo al final, a no haber completado todo lo que empecé ni a perder nada porque, pase lo que pase, habré logrado lo que haya tenido lograr siendo yo, sin nunca agachar la cabeza ante nada… o nadie.

¿Y tú, cómo lo haces?

Saludos cordiales,

F.
Ilustración por Zirngibl

Thursday, April 17, 2014

Como derrotar el bloqueo de escritor

A pesar de lo que el título de esta entrada pueda sugerir, no voy a revelarte aquí ninguna técnica misteriosa ni voy a traducir las que otros han propuesto para superar ese temido demonio, esa maldición que nos persigue a todos quienes queremos hacer que las palabras hagan magia sobre el papel. Lo que sí haré, es recordarte algo que puede que hayas olvidado.

Pero antes de eso, déjame que te cuente una historia.

Hace dos días estaba botado en mi cama, sufriendo de un terrible dolor de cabeza, de esos que te muestran en las películas como un pito agudo y el rostro del personaje deformándose por el dolor. En la vida real no son tan dramáticos, pero sí implican vómitos, la incapacidad de hacer nada que no sea permanecer acostado (ni siquiera te dejan dormir ni menos leer) y te dan unas ganas cuasi irreprimibles de meterte una aguja por el ojo para liberar la presión… y aminorar el dolor, por chiflada que aquella idea te parezca.

Por si fuera poco el día anterior había perdido mis lentes, por lo que era incapaz de estar frente a la pantalla del computador y, para completar este panorama, tenía un extraño dolor en esa zona difusa entre el pecho y el abdomen propiamente tal. Ese entretenido malestar me hacía jadear como un pez fuera del agua cada vez que respiraba muy profundo, tragaba cualquier cosa más gruesa que la saliva o me quedaba sentado. ¿Y sabes lo que pensaba mientras yacía en la cama, adolorido, ciego —al menos en lo práctico— y con ganas de arrancarme la cabeza?

«Esto es un recordatorio de que me voy a morir».

Porque, tal como lo confiesa Stephen King en su prólogo a la edición revisada de El pistolero, no es como que Dios vaya a enviarte un fax (o un e-mail hoy en día) diciéndote que termines tu historia de una buena vez. Pero incluso si crees o no en poderes superiores, hay una verdad innegable de toda vida —y en especial de la humana— que va a ayudarte a superar todo miedo, todo conflicto y toda duda acerca de tu capacidad como artista. O, en otras palabras, aquí se viene la cura, el antídoto a todo bloqueo creativo. Son cuatro palabras mágicas que van a arreglarte la vida y que dicen más o menos así:

TE VAS A MORIR

Sí, suena a filosofía barata, autoayuda o New Age, pero es verdad, ¿o no? Así que, para mantener el tono, repite conmigo:

ME VOY A MORIR.
TENGO SÓLO ESTE MOMENTO PARA SENTARME Y CONTAR MI HISTORIA.
ES MUY PROBABLE QUE MAÑANA NO ESTÉ AQUÍ PARA HACERLO, POR LO QUE NO PUEDO DARME EL LUJO DE TENER «BLOQUEO DE ESCRITOR».
ESE ES UN LUJO DE LOS INMORTALES Y YO SOY UN POBRE Y SIMPLE MORTAL QUE PUEDE MORIRSE EN CUALQUIER MOMENTO.

Así que ahí está. Cada vez que te sientes frente a la libreta, máquina de escribir o computador y sientas ese impulso de pararte a buscar un café, una cerveza o de prender otro cigarrillo antes de empezar, acuérdate de las cuatro palabras mágicas: ME VOY A MORIR. Y ponte a escribir. Furiosa, rápida y compulsivamente, como si la Muerte te persiguiera con su guadaña intentando cortar el hilo de tu vida antes de que logres ponerle el punto final a esa historia. Porque, la verdad sea dicha, esta no es ninguna metáfora: tu tiempo —y el mío— se acaba rápidamente… y nunca será el suficiente para contar todas las historias que soñamos o dejarlas tan bien pulidas como queríamos.

Pero al menos podemos completar las que ya empezamos.

Saludos cordiales,

F.
«¡Es un bloque(o) de escritor!
Lo pones sobre tu escritorio, ¡y entonces ya no puedes escribir más allí!»

Tuesday, April 15, 2014

Publicación en revista mexicana Penumbria

En la noticias de mi mundo, hoy les cuento que mi cuento “El hundimiento” —el que publiqué anteriormente en este mismo Blog— ha sido seleccionado (y publicado) en el número 18 de la prestigiosa revista digital de literatura Penumbria, con base en México.

Así, desde ahora pueden leer el cuento completo en la revista aquí o leer un extracto aquí. Desde este humilde espacio virtual agradezco al comité editorial de la revista por considerar mi cuento y publicarlo y, quizás, tomaré esta experiencia como base para por fin escribir —y publicar en este Blog— un artículo acerca de cómo sobrevivir a los concursos literarios en general. Eso es, por supuesto, si es que existe interés de su parte en leer algo así ;)

Saludos cordiales,

F.

Thursday, April 10, 2014

Como encontrar la voz de tu historia

Primero que todo, quisiera agradecerle a todos quienes comentaron en la primera entrada de esta serie, dedicada a comentarles los más variados aspectos con los que me encuentro —y seguiré encontrando— a lo largo de este mes de Camp NaNoWriMo (y de la escritura de una novela en general). Puede que no estemos de acuerdo en todas las ideas, nociones y/o intuiciones, pero de todas maneras es genial poder leer sus perspectivas al respecto. Esta semana quiero comentarles acerca de la famosa «voz» de una historia y como me ha tocado lidiar con ella hasta ahora.

Para que aclaremos términos, consideraré la voz narrativa como la perspectiva, el punto de vista desde el cuál un narrador elige contar una historia. Hay veces en que se suele confundir la voz con el estilo, siendo este último la elección particular de un escritor de palabras, sintaxis, puntuación y otras. Y aunque la voz se expresa a través del estilo, es la primera la que lo origina, de manera consciente o inconsciente.

Ejemplo rápido para aclarar el concepto de voz. Digamos que quieres contar la historia de un asesino en serie. Ahora, ¿cómo lo enfocas? Puedes tomar el punto de vista del investigador, el hombre —o mujer— que se obsesiona buscando entender a este monstruo para atraparlo. O, puedes tomar el punto de vista del supuesto monstruo, mostrando una mente torturada, a un genio incomprendido… o una combinación de los anteriores.

Ahora, esta elección determinará no sólo cómo se presenta la historia sino también, y en cierta medida, los intereses que tienes como escritor. El investigador obsesionado requiere una mente fría, una atención al detalle y cierta distancia social que le permita observar los hechos y situaciones de manera lógica y racional. Y para lograr que el personaje «cobre vida» (es decir, se lea como una buena y creíble imitación de una persona) tienes que introducirte en su piel, pensar, hablar y, por supuesto, escribir como lo haría él si estuviese contando la historia.

Así, el narrador no es meramente una elección de primera o tercera persona, o las distintas categorías y opciones que presenté en este esquema. No: el narrador tiene una perspectiva, una manera de abordar los incidentes de una historia que permea la percepción que a su vez los lectores tendrán de ella.

Por supuesto que esto puede sonar muy bonito y deseable pero, ¿cómo es posible conocer la voz de una historia antes de escribirla? De lo que he leído —y probado— hay una sola manera de hacerlo: escribiéndola. Ahora, es distinto tomar y escribir un cuento de 2.000 palabras y encontrar que la voz no era correcta a hacerlo al final de una novela de 80.000 palabras, ¿no? Para evitar este tipo de inconvenientes, la opción es un test-drive de la voz.

De la misma manera que al comprar un auto uno pide una «prueba de manejo» —o al menos así lo muestran en las películas; nunca me he comprado un auto ni acompañado a nadie en el proceso— uno puede tomar al narrador de una novela y probarlo con una breve narrativa de 1.000 palabras, por ejemplo. En ese espacio —o en el de una escena completa— uno toma una parte de la historia que va a escribir (o incluso una parte que no aparecerá) y la escribe con el narrador que le parece más adecuado para la novela a priori. Siempre que este ejercicio se haga en conciencia y seriamente, lo más probable es que al final de él uno tenga una idea más o menos clara de si la voz funciona o no.

En mi caso, por ejemplo, probé al menos tres voces distintas antes de encontrar la que se ajustó mejor a la historia de La vida secreta de Eric Aranero. Y aunque las descartadas tenían su propio atractivo, fue la definitiva la que demostró ser la más útil a la hora de contar la historia de la manera en que, me imagino, será más efectiva para comunicar la vida de este personaje a los lectores.

Así que ya lo saben: si quieren escribir una novela con la que quedar satisfechos, mi recomendación es encontrar una voz que se acomode a la historia y personajes específicos de lo que quieren decir. Y la mejor manera de probar y descartar voces erradas es hacer tantos test-drives como sean necesarios; después de todo, más vale botar un par de miles de palabras que decenas de miles, ¿no?

Saludos cordiales,

F.
«Confía en tu voz»
Ilustración por utenaxchan

Tuesday, April 8, 2014

El hundimiento

—¡A los botes! —gritó el capitán.

El buque se hundía rápidamente y los pasajeros corrían de un lado a otro entre gritos, reclamos y ese silencio sepulcral que se escabullía entremedio, el preludio imperceptible a la aparición de la muerte. Todos estaban igual de asustados o temerosos, todos queriendo alcanzar esa esperanza a remos de seguir viviendo.

Todos… excepto una.

Ida estaba parada en lo más alto de la popa, mirando con ojos transparentes como el mar se iba engullendo la poderosa nave, preguntándose si no era aquella la imagen perfecta de la vida: justo cuando te creías inconquistable y a prueba de todo, algo venía y te abría por la mitad, desgarrándote hasta las entrañas.

Una lágrima se deslizó por su mejilla y fue a unirse al torrente líquido que iba ascendiendo rápidamente. «Quizás el mar no es sino el conjunto de todas las lágrimas del mundo», pensó Ida. «Las de las mujeres, las de los niños y las de los dioses».

Porque los hombres no lloraban, eso lo tenía claro.

—Muchacha… ¡Oye, tú!

El grito la sacó de sus pensamientos: ahí estaba el capitán, ese hombre de barba canosa y expresión siempre enojada, vociferándole invitaciones y haciendo gestos desesperados para que descendiera y la acompañara. Sin siquiera pensarlo, Ida se giró y volvió a contemplar a ese gigante acuático que estaba a punto de devorárselo todo… incluyendo su vida.

Y no le importaba.

Quizás el capitán intentó volver a llamarla e incluso puede que hayan tenido que detenerlo para que no arriesgase su vida por aquella suicida. La verdad es que ella nunca lo supo, pues no volvió a mirar atrás.

Sonriendo por primera vez en mucho tiempo, vio como esa mole azul transparente abría los brazos para recibirla en su último momento.

***

Cuando abrió los ojos estaba en el paraíso.

A lo lejos se extendían llanuras de arenas blancas rodeadas por un mar que era a la vez agua y cielo. Cuando bajó la vista vio que la rodeaban ángeles de piel azulada y rostro severo, unos cuya belleza superaba cualquier descripción o cuadro que hubiese visto.

Fue a abrir la boca para hablar y justo en ese momento notó que tenía los labios perfectamente unidos. Pensando que quizás se trataba de alguna secuela de su muerte, esforzó las mandíbulas una vez más.

Entonces, intentó llevarse las manos a la boca para ver de qué se trataba esto y descubrió que era incapaz de moverse. Trató de gritar, pero ninguno sonido salió de su boca. Luchó por mover aunque fuese una parte de su cuerpo, pero ninguna le respondió.

Más asustada que nunca antes en su vida, lloró amargas y silenciosas lágrimas.

***

—¿Qué hacemos con eso? —dijo uno de los acuarianos indicando a la inmóvil Ida.

—Tendremos que matarlo —contestó otro en su gutural lengua—; si alguien se entera de esto y le lleva el cuento a los Ancianos, los únicos perjudicados seremos nosotros.

»Además que, después de todo, es sólo un animal salvaje.
Ilustración por Darkzero-sdz
Otro cuento producido en el marco de un Fantasista de Hierro de Fantasía Austral y que pronto estará disponible junto con otros 99 en nuestro segundo libro gratuito titulado Fantasistas de Hierro.

En este caso, «rescaté» una idea que desarrollé hace algún tiempo —la de una mujer que se suicida en el mar y descubre un nuevo mundo bajo las olas— pero lo di un giro bastante macabro (al menos en mi opinión). El resultado me dejó bastante satisfecho, en especial cuando considero las limitantes obvias de tiempo y espacio.

Como siempre, sus comentarios y críticas son siempre bienvenidos ;)

Saludos cordiales,

F.

Thursday, April 3, 2014

Como empezar una novela

Como ya lo saben —y, si no, aprovecho de avisarles— abril este año significa Camp NaNoWriMo (National Novel Writing Month) y yo, por mi parte, he empezado a escribir mi tercera novela, titulada La vida secreta de Eric Aranero. Y, tal y como lo hice en noviembre pasado con Honor, quiero ir comentándoles como es el proceso para mí, mis dificultades y problemáticas y, lo más importante, cómo las voy superando (o cómo me las arreglo para seguir adelante con ellas).

Esto lo hago principalmente por dos razones. La primera es que, sinceramente, me ayuda a poner por escrito los avances y tener pruebas más o menos empíricas de lo que he avanzado. La segunda es porque creo que, a pesar de que no soy ningún conocedor de la escritura ni gran figura a imitar, puede que mis éxitos —y fracasos— le sean de utilidad a más de algún escritor «que no ha salido del clóset» (por así decirlo) para que dé el salto de una vez por todas y le declare al mundo su amor por la escritura.

Y bueno, hay que empezar por el principio, ¿no?

Primero que todo, en realidad eso no es tan cierto… al menos no en mi experiencia. Las dos novelas que he completado las empecé desde el último cuarto antes del final (75%-100%) y luego las seguí escribiendo en este impío orden: 50%-75% => 25%-50% => 01%-25%. Así que, si estás trancados/bloqueados con una novela y no sabes cómo abordarla, he aquí un consejo: parte desde el punto que quieras, imaginando que lo demás está escrito. Total, con la magia del copy-paste después puedes armar un documento con la historia como debería ser (o puedes mandarte un Tarantino, quién sabe :P).

Ahora, si este tipo de experimentos no es lo tuyo, hay que empezar por el comienzo. Pero, ¿cómo hacerlo? En mi caso, me he dado cuenta que hay algunas cosas en común que tienen las novelas que no me gustan y, a partir de eso, he inferido ciertas «reglas» al respecto. Todo esto se origina en lo que llamo «la prueba de la blancura»: tomas un libro, abres la primera página real (no prólogos, agradecimientos ni ninguna de esas cosas) y lees la primera oración completa.

¿Qué he descubierto después de hacer esto con cientos de libros? Que los que no me gustan —y que, sólo por esta conversación, convendremos que son «malos»— normalmente comienzan con oraciones del tipo:

Las nubes cubrían los picos nevados y el sol apenas era visible en toda la amplia comarca.

Ahora, me dirás, ¿y qué tiene de malo esa oración? Como oración, nada pero, ¿cómo inicio de novela? No sirve.

La razón por qué un inicio de este tipo no sirve es porque, si somos sinceros, ese no es un inicio. Ahí no hay nada que nos diga de qué se trata lo que leeremos, cuál es la voz del narrador, qué conflictos podemos esperarnos… ¡Ni siquiera hay un mísero ser vivo (ni qué decir humano) en esas 17 palabras! Es decir, tenemos ante nosotros un escenario estático, sin personajes y sin conflicto. O sea, no hay historia.

Ahora, ¿se puede arreglar ese comienzo? Definitivamente sí. Lo único que hay que hacer es focalizar la narrativa, agregarle un personaje y anunciar el conflicto de la historia. Un ejemplo se leería más o menos así:

El sol apenas era visible, excepto para Jack y su privilegiada visión, la misma que maldeciría un día.

OK. No es el mejor inicio ever, pero con la misma cantidad de palabras (son 18, pero bueno) hemos presentado al lector con un escenario, un personaje, una habilidad única y un destino. Suena bien, ¿no?

Así que los dejaré hoy con este mensaje: el inicio de una historia es fundamental. Cualquier tipo de info-dump (»El reino de Arrale estaba ubicado al noreste de Medero, uno de los poderes más importantes de época…»), escenario inerte —como el anterior— u otro recurso «fome» pondrá de inmediato una barrera al lector la que, en la mayoría de los casos, no podrá superarse.

Si quieres que te quede aún más claro, anda y revisa el inicio de tus historias favoritas. ¿Qué estrategias ocupan los escritores que admiras? ¿Cómo inician ellos sus historias?

Saludos cordiales,

F.
Ilustración por Karina Ishkhanova